miércoles, 6 de abril de 2016

Why don't you fly?

Nunca me había planteado que tener las cosas claras pudiera doler tanto. Es lo único bueno del tiempo, cuando no quieres que pase, o cuando sí quieres que se aleje, que te demuestra hasta dónde puedes equivocarte. O sencillamente, te abre los ojos y aprendes a ver las cosas de otra manera. Y no, siempre he querido tener las cosas claras y jamás las he tenido. No tanto como ahora. 

Antes me conformaba. Antes era negro o blanco, y si elegía negro, allí me quedaba. O si elegía blanco, la cosa iba a salir mal, así que huía o lo blanco se escabullía de mí. Y así sigue siendo. Pero ya no hay negro, ya no tengo que escoger. No puedo escoger. Sólo hay un cristal transparente que me deja ver claramente lo que quiero. Y veo que no está. 

No estás. 

¿Y por qué me preocupa? ¿Por qué me duele? ¿Por qué es lo que sigo queriendo? ¿Por qué sigo convencida de que no me equivocaba, pero a veces tengo la sensación de que me darías una patada en la maldita boca? Y lo harías. Estoy segura de que lo harías. 

Volverías a romperme en mil pedazos. Siempre, hasta que alguien te lo robe, tendrás ese poder. Y cuanto más lejos estás, cuanto más se entierra en el olvido lo que eras, más quiero recuperarlo. Más quiero de ti. 
Como un estúpido animal que busca su reflejo detrás de un espejo, la cruz en una moneda de dos caras. Y es todo lo que tengo que decir, pero a la vez no tengo nada que decirte. 
Pero la sola idea, la estúpida idea de desandar y volver atrás. Tuve la tentación. Quise. Quiero. 
La maldita inseguridad que levantabas en mí. Hoy la extraño. La echo de menos. Era cómodo no buscar más allá. No pensar en un mar abierto. No darme de bruces con otras personas. Era fácil. 

Si de algo estoy segura es de que nunca vas a conocer a ninguna otra loca como yo. Nunca rozará tal desnivel. Podrán volar, hacerte sentir, quererte como yo nunca llegué a quererte. Te lo darán todo, te lo quitarán todo. La risa, el llanto, el sueño, la alegría, la tristeza. Te darán el mundo, el cielo y el infierno. El universo. Pero ninguna acabará tan sumamente majadera, tan hondamente trastocada como yo me he quedado. Fanática. 
Pero yo no te hablo de amor. Yo hablo de algo que nunca llegó a nacer. Y eso es lo que más rabia me da. ¿Por qué? 

No me deja volar. No me permite valer. NO VALGO. NO SIRVO. NO SOY SUFICIENTE. 
No me deja soltar esa parte de mí que está atada al fondo de un mundo submarino que ya perdí. 
No me deja tirar a la Reina de Mayo de su maldito trono.
No me deja bajar las escaleras al revés, antes de llegar a la montaña y tirarme al vacío. 
¿Y sabes qué no me deja? ¿Qué me lo impide? 
El tiempo. 

El tiempo es la clave. La llave. La cadena. La desesperación. El aumento de la locura. El descenso de la Luna. La posesión. El miedo. Cada estremecimiento. Un maldito anhelo. 
Cualquier punto cardinal. En todos te has extinguido. En todos ellos tu figura luce desdibujada, perdida. Y quizá es simplemente ese no poder encontrarte. Quizá es ése querer buscarte una y otra vez. Tirar el dado mil veces, deseosa de que siempre salga un seis, un seis que nunca sale. 
Buscarte entre tréboles de tres hojas. Apostar al rojo y que siempre salga negro. Un 13, nunca un 7. Una triste huella que se interrumpe de repente. Un imposible "otra vez". Una página final, pero con puntos suspensivos. 

¿Qué respuestas le doy a ésto? 
Antes sabía vivir con la incertidumbre. Ahora ya no quiero vivir con ella. Ahora me ahoga. Vuelve a robarme el sueño, más a menudo que nunca. Y todos los días intento convencerme de que son simples hormonas, estupideces irracionales en las que elijo creer, como cuando busco casualidades que trato de convertir en causalidades. Pero en la próxima página nunca estás tú, nunca hay una novedad, nunca hay nadie más. 

¿Y qué respuestas quiero? 
Un simple y maldito "hola, estoy bien" de tu boca, de tus ojos, de tus hombros relajados. Un momento sin miedo a algo. Un momento sin cargo de conciencia. Un "creo que es mejor que" extinguido. 

¿Por qué lo quiero? 
Porque se me acaba el tiempo. No sé si para ser libre o para definitivamente verme limitada. Porque llega el momento en que la cuerda ya no se tensará más y cederá, y tengo que cortala yo. Pero no sé cómo, ni dónde, ni de qué manera. Y tengo miedo. 

Cuando corte esa cuerda, todo el peso, todo el tiempo, se caerá por el maldito barranco. Yo bajaré las escaleras después de haber empujado por ellas a la Reina de Mayo, pero me llevaré su maldita corona conmigo. Y llegaré a la orilla de la playa donde nace la escalera, y me sumergeré en el agua. Bucearé en ese agua azul noche, donde nunca brilla el sol, sólo la luna, y desharé el vértigo, la claustrofobia, la asfixia, hasta ver la luz del sol entrando en el agua. Entonces saldré a la superficie y estaré en medio de ese océano insondable, de espaldas al universo azul, de cara a la maldita realidad. Intentaré llegar a ella y la alcanzaré. Y la playa no será arenita blanca, sólo piedras negras que se clavan y cuanto más se alejen, se irán convirtiendo en aquel camino de piedra gris que parecía de plata. Me llevará hasta aquel rinconcito mágico, aquel retiro diminuto donde se hará color morado el cielo, anaranjada su base y se fundirá con el agua verde muerte. Al lado del mismo árbol me sentaré a ver cómo atardece, cómo la noche se va tragando al día, cómo la barca se va alejando río abajo, hacia otro mar. 

¿Y qué pintas tú en esa historia? Nada. 
Nunca jamás estarás en aquellos escenarios y eso es todo lo que tengo que perder. 
Pero al final, sólo quiero esa paz.

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