No puedo levantarme con otro pie que no sea el derecho y
decir en voz alta: Hoy será un buen día (aunque luego sea una puta mierda). Soy
de ésas que nada más levantarse tiene que salir corriendo a la ducha. No puedo
vivir sin un café antes de cualquier otro líquido o sólido, aunque cinco minutos
después siga igual de zombie. No puedo ir con el pelo sin lavar más de dos
días, aunque lo tenga limpio, tiene que pasar por el lavado, secado, planchado,
replanchado y quizá listo. Cuando me visto no salgo aunque tarde mil años hasta
que no me siento a gusto con lo que llevo. Y por supuesto, no puedo salir sin
ir al baño unas mil veces, a mirarme, a lavarme las manos 50 veces, a tocarme
el pelo…
No puedo vivir sin cambiarme dos veces como mínimo de bragas
al día. Si me quitaran la Coca-cola podría morirme de la depresión. Jamás podré
negarme un antojo porque ninguna otra comida me saciará hasta que no coma lo
que me apetece. No puedo evitar las ganas de vomitar ante ciertos olores,
ciertos tipos de chocolate o fresa (lo cual no quiere decir que no me
encanten). Odio el chocolate blanco, las cosas empalagosas, el caramelo líquido
(salvo que sea con un flan), el cordero, la sopa o los garbanzos con tres
litros de grasa y tocino por centímetro cúbico. No puedo con la cerveza, no me
gusta para nada. La leche me da arcadas. El wishkey me sabe a queso. El ron ya
es sólo tolerable con piruletas. No podría vivir sin comer pasta, jamón,
ensaladas, melón, sandía, cerezas, fresas y mangos.
No puedo salir de casa sin 400 paquetes de pañuelos. Necesito
tener constantemente chicles en la boca. No soporto el aliento de la gente, no
quiero que nadie soporte el mío. No soporto quedarme sin batería en el mp3
porque no me aguanto tanto tiempo pensando si voy sola por la calle o de viaje.
Odio esperar aunque soy la tardanza en persona. Tengo una especie de conexión
cronológica para perder los autobuses a la misma hora siempre. Me encanta
comprar cosas aunque luego sienta vacío, no porque no me llenen sino por pena
de gastar el dinero o por querer más y más. Odio salir sin dinero a la calle,
realmente no haces nada sin él y te puede poner en algún compromiso.
No me entra en la cabeza que si pisas a alguien no pidas
perdón o no te contesten. No soy miss simpatía ni miss diversión pero no puedo
con la gente que no saluda en un lugar cerrado, que no te cedan el paso o
cuando en un bar o fiesta la gente esté como en un velatorio. Odio la gente que
te mira inquisitivamente a los ojos cuando le estás hablando. Odio a la gente
que te corta cuando estás diciendo algo porque lo suyo es, sin duda, mucho más “interesante”.
Aborrezco a esa gente que siente que todos lo/a miran, a la gente que cree que
todos los seres humanos se enamoran a su paso, que se ponen cualidades que yo
no veo por ningún lado. Igualmente no trago a los que no paran de hablar de sí
mismos (como yo ahora, cosa que me hace sentir hipócrita, egocéntrica y me
cansa), que todo lo que hacen los demás ellos ya lo han hecho antes y mucho
mejor. Esa gente que dice “yo no me fijo en…” y te cuentan con pelos y señales
la vida de los primeros homínidos.
No soporto los celos y las posesiones. No entiendo la
envidia entre amigos. No me entra en la cabeza que alguien pueda llegar a
tirarse de los pelos por un tío. Soy incapaz de asimilar que la gente cambie de
la noche a la mañana sin aparente explicación. Odio a los que van de
sabelotodo, que te cortan la conversación o el buen rollo sin venir a cuento. Odio
enfadarme con gente que realmente me importa porque me hacen sentir como una
puta mierda, porque hacen algo que no me gusta y que a los cinco segundos se me
pase el enfado. Odio que nadie vea que yo también quiero y necesito, que nadie
toque esa cabeza que sin duda necesita que la miren a los ojos y traten de
entenderla.
Claro que odio muchas cosas, y esas cosas que odio son
precisamente las que hacen que sepa qué es lo que no quiero, aunque a estas
alturas de la vida no sepa todavía qué quiero hacer con mi futuro. No me entra
en la cabeza que con 17-25 años o los que sea uno ya pueda o decida qué va a
hacer con el resto de su vida, por eso aún no estoy cómoda, ni con la edad, ni
con el sitio, ni las circunstancias. Y sé que hay que andar para poder tener
experiencia, pero no sé cómo ponerme en marcha para no quedarme mucho tiempo
más atrás. También odio que me hablen de independencia, de juventud, de
disfrutar y tanto blablablá cuando en realidad esto es una puta fábrica tipo
criar bichos para mandarlos luego al matadero. Y yo no quiero que planifiquen
mi vida los demás, por muy perdida y flipada que esté.
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