A veces siento como si viviera montada
en un barco, apoyada al lado del timón. No necesita que lo dirijan,
y por un lado está bien; mientras, puedo contemplar el paisaje y
pensar. Pensar... ¡ja! Y está bien, está bien...
A lo largo de todos los puertos ha
subido gente nueva, y me alegro, me encanta. Algunos se bajan en
seguida pero, digamos que siempre me quedará ese pequeño trayecto,
aunque haya sido una sola noche o unos pocos días. Qué más da. Lo
esencial, eso es lo que importa al fin y al cabo, ¿no?
Otras veces, aquellos que me han
acompañado a lo largo de tanto tiempo son quiénes han decidido
decir adiós, por ahora, de momento, por algún tiempo o para
siempre. Y te dejan como único consuelo para el futuro el recuerdo
de todo lo pasado. Eso también está bien, por muy desolador que sea
en realidad... Pero es así, aunque todos los ríos acaben en un mar
y las aguas se mezclen, cada gota de agua encontrará su propio
camino, ¿no?
Y a veces, aunque no te pares a
pensarlo, te das cuenta de que hay gente que de verdad ha estado todo
el camino contigo, puerto tras puerto, en tormentas y atardeceres en
calma. Esos que están ahí, por muy alta o baja que esté la marea,
aunque el barco se quede encallado en la arena o esté a punto de
volcar. Aquellos que con un leve gesto consiguen amainar el temporal,
que con una sonrisa hacen que vuelvas a encontrar el norte... Ellos,
los que jamás se han ido, que decidieron quedarse, por los motivos
que fueran.
Me parece estupendo, maravilloso. Y
así, que sople el viento; cerrar los ojos y sentir el vaivén de las
olas. Es miedo lo que tengo, ¿sabes? No quiero perder el control,
pero no puedo creer que este balanceo vaya a ser eterno. Algún día
el ancla acabará por elevarse sola, o se perderá, y entonces me
tocará agarrar el timón y podré ser libre, tener el mando de
cualquier situación. Me emociona pensar que podré capitanear sobre
las aguas algún día, aunque aún esté lejos. Lo que más me pesa
en estos momentos es que llevo el barco muy, muy vacío y la memoria
repleta.
Pero sí, algún día el aire soplará
a mi favor, e iré a donde me dé la gana, podré escoger
tranquilamente, liberándome de todos esos miedos, esas fuerzas, esas
corrientes marinas, y podré hacerlo, podré salir a flote y verme
reflejada en la libertad de la golondrina que siempre vuelve a casa.
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