martes, 19 de marzo de 2013

18/19M13

Después de la tormenta, tras el naufragio del último beso, llegué por fin a la costa, a otra tierra solitaria y desconocida. Pero el cielo era azul y el viento favorable, haciendo de sus playas las más hermosas vistas. No supe, no sé explicar lo que sentí; la primera idea que tuve fue una vaga sonrisa que se me escapó. 
Allí el aire tenía otro aroma, ni mucho menos salino, sino frutal, a coco, a miel, a melocotón... Algo dulce que embriagaba pero sin llegar a resultar empalagoso; justo, tenue y persistente, como si quisieras descubrir su procedencia sin lograr nunca decantarte por una dirección concreta.
La arena de las playas era clara,  suave y fina. Podría haber pasado el resto de mi vida allí, acariciando, recogiendo, soltando cada puñado una y otra vez. Más adentro, descendiendo por un pequeño camino, las plantas no crecían salvajes y fieras, sino que eran hermosas en todos los sentidos; pero sólo cuando llegó la noche pude descubrir su secreto: además de bellas, sabían enamorar, se abrían para dejar escapar diferentes fragancias que traían recuerdos de otras épocas, ganas de avanzar, de adentrarte en el paraíso y fundirte con él allí mismo. 
Y más adelante, uno se encontraba al borde de dos salientes, como dos pequeñas montañas que descendían hasta un valle diminuto con un lago en el centro. Estuve días tanteando el terreno, sin atreverme demasiado a acercarme. Quién sabía si hubiera podido regresar, si no habría algún agujero ciego a mitad del camino en el que quedarme atrapado. 
Fue curioso que no tropezara jamás, que no hallara piedras enormes que me cortaran el paso, hierbas, árboles que actuaran como barrera infranqueable. Simplemente fui descendiendo lentamente hasta que llegué al centro mismo de la isla. Nadé en aquella especie de laguna, de agua clara, tibia, agradable. Mirando al cielo azul, pensé que no podía ser más feliz.

En algún momento mis ojos tropezaron con algo que sobresalía por encima de otras flores hermosas, bastante cerca de la orilla. Nadé hasta allí y me dirigí a lo que parecía, aunque no supe qué era, no sé si una flor de loto o algo similar. Era simplemente maravillosa, azul, lavanda, no lo sé. Y en aquella curva mágica y deliciosa se me hizo de noche. El tiempo se esfumó y yo no quería, no podía apartarme de aquel lugar. 
Probablemente caí en la locura y aún recuerdo la enorme luna blanca mirándome, sonriéndome, y yo creyendo estar en un sueño, vagando entre brumas desconocidas, parajes extraños de viejos poemas sin autor. ¿Qué canción era ésa? No puedo ponerle nombre, es algo que solamente uno puede escuchar, dentro de sí, alrededor, nunca muy alto.
Cuando recobré el sentido habían pasado ante mis ojos una luna llena inmensa, blanco nacarado, y la menguante aún resistía sus últimas horas en el cielo, quizá. Parecía que la isla quería decirme adiós, pero yo no podía, ni quería ni podía permitírselo. De día la hice mía, una y otra vez, hasta que aprendí de memoria cada surco de su arena, cada flor y cada hoja, cada ola nueva que moría en la orilla. Y lo sentí por ella, pero ya había encontrado otro beso, un beso que realmente me quería, me deseaba, me necesitaba. Y no pienso abandonar mi pequeño rincón fiero, salvaje, único, perdido, pero mío al fin.

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